Estas osamentas de la nicaragüense BELLI nos hablan de la irreversibilidad del destino al que estamos condenados, si bien ellas están articuladas a pesar de ello como los testimonios libres de una exaltación.

Poseen la plasticidad lúcida de un hado que la autora ha marcado como el signo de ese temporalismo trágico que, según Cioran, es nuestra tragedia, con la que lo único que nos queda es padecer con heroísmo el desenlace fatal.

Nos habitan esos esqueletos posados en la tierra, son nuestros restos y conocen los designios que son el símbolo universal de nuestra condición en cada momento y situación concretas, en cada historia y acontecer, en una muerte que sigue viva.















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