Se ha afirmado que el acto de pintar negocia un acuerdo entre lo que sabemos y entre la memoria y el impulso, y entre el gesto del pincel y el otro millon de gestos que constituyen la historia de la pintura.
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Lo que en la pintura del dominicano HERRERA se pone de manifiesto, extrayendo de ese ilimitado y diverso universo caribeño que nunca deja de estar vivo una plástica nutriente de visibilidad.

Sus obras, sabias en acordes cromáticos y en imaginería mítica, vinculan íntimamente su vocación interior con la fantasía de una inspiración consumada y rutilante.


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