Si queremos comprender una obra de arte nuestra atención debe concentrarse precisamente en el descubrimiento inagotable del número considerable de puntos de vista que proporciona.

En lo referente a la del madrileño ALCAIDE, es la relativa a la vertiginosidad cromática con la que hace florecer la superficie, hasta que en su dinamismo e ímpetu quepan todos los llamamientos a un escudriñamiento visual.

Todos los trazos y rasgos constituyen una cosmovisión plástica que quisiera perderse en un infinito plagado de esos núcleos que viven en un espacio constantemente en renovación.


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