El francés LETO, como CIORAN, ve al hombre como un ser fragmentado, finito y atormentado, escindido en su esencia, desgarrado por las tendencias divergentes de la irracionalidad vital y de la conciencia.

Pinta sus paraísos para que nos hundamos en ellos y seamos personajes delirantes en un mosaico de lugares creados para dar lugar a las fechorías andanzas de esa población de aldea sin corte.

Se divierte y nos divierte, y nos retrata como una humanidad sin uso ni creencia, sin servir nada más que para no ser y esperar un sitio de fuego helado.























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