Al contrario que la madrileña VIDAL, el sujeto de lo sublime está consecuentemente descentrado -aunque algo de eso hay también en ella- anegado en la pérdida y el dolor, en la crisis y en desvanecimiento de la realidad.

Lo que ocurre es que en la obra de esta artista hay un apaciguamiento depurador, un revestimiento cada vez más tenue y al mismo tiempo más deslumbrador.

Sabe despojar mágicamente, proyectar lo que su espíritu ha escondido, desolcultar en esas superficies etéreas una armonía seductora, desveladora de una añoranza que habla y emociona.
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